Levanté las cejas envuelta en la manta y dije
- Y qué me quieres decir con eso?.
Ella me miro fijamente, bajó el libro y respondió:
-Él es el chico del barco, lo sé. No dejes que Australia te ciegue. Australia se ha hundido, Australia ya no existe.
Nos miramos en silencio.
- No va a volver, no va a llamar. Está con ella y lo sabes. Reacciona, porque sabes que si no fuera así se habría dejado la piel llamando, viniendo, lo sabes. Y lo de tu madre... no tiene nombre.
Fruncí los ojos pensativa:
- No lo quiero en mi vida. Sé que no lo quiero, que no ha estado en lo malo, ni en la enfermedad... tú ya me entiendes, eso jamás se persona ni se olvida. Sólo necesito digerirlo, digerir que le importo tan poco como para que ni sea capaz de decírmelo y poder seguir con mi vida.
- No vale nada.
- Ni un duro. Y veré al chico del barco, y tomaremos café, e iremos al cine, de viaje... pero paso a paso, porque tú sabes que yo no lastimo así a la gente.
Y nos reímos. Confesión tras confesión, habían sido varios meses ya de alegría y tristeza, errores y lecciones. Pero ella siempre estaba ahí para desempañar el cristal, para abrazarme mientras yo apoyaba la cabeza y miraba la realidad al otro lado.
No tienes precio.
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